martes, 8 de julio de 2014

Botas, mochila y bordón

1. Señor, aquí nos tienes hoy, meditando ante nuestra mochila y nuestro bordón: dos símbolos que predican como nadie nuestra condición de peregrinas. Eso… y nuestras botas. 
Cuando hace unos días llenamos en casa la mochila, ya nos habían advertido una y mil veces que no metiésemos en ella nada superfluo pues su peso terminaba por hacerse abrumador en el camino. Pero algo había que meter. Al fin y al cabo, sin unas cosillas mínimas no se puede llegar. Así que  después de muchos titubeos terminamos por meter lo… imprescindible. Y lo mismo nos sucede en el camino de la vida: tantas veces pensamos que no podremos seguir sin esto o aquello, que vamos cargándonos de cosas innecesarias que nos impiden caminar con ligereza por tu senda.
En un momento de silencio piensa en las cosas, seguridades, ideas,… que van llenando tu corazón y que con su peso te impiden caminar con ligereza y seguir el ritmo de su huella..

2. De mi bordón, ¿qué te diré, Señor?. Me sirve de apoyo en el camino y alivia las penalidades de la marcha. Es fuerte, seguro, y soporta mi peso, pero sé que no es mi único apoyo, y tampoco el mejor. Que llevarlo en mi mano y apoyarme en él no hagan olvidar que sólo tú, Señor, eres mi roca, refugio dónde me pongo a salvo.
Recuerda los momentos en los que te fías plenamente de Él, cuando, a pesar de la dificultad del camino, te abandonas en sus manos, y agradécele su protección.

3. Y mis botas…, que serán compañeras y protagonistas infatigables de cada jornada. Portadoras, quizá del bien más necesario y preciado de mi condición de peregrino en estos momentos: mis pies, instrumento de trabajo fundamental. Que ellas contengan el cúmulo de esfuerzos y fatigas que dan carácter a mi peregrinación: dolor y esfuerzo en los que está el valor del Camino. Que sean el cofre que contenga mi tesoro de peregrino, mi esfuerzo, mi oración en camino, pero que no me impidan palpar el Camino, siguiendo tus huellas invisibles.
Pídele que aumente tu sensibilidad para sentir los trazos del camino, para descubrir sus huellas y pisar en ellas, descalzo, como cuando Moisés se adentró en tierra sagrada.

4. Mochila, bordón  y botas … son todo mi equipaje. No es mucho, ¿no?. 
Y sin embargo, quieres que te siga, ligero de equipaje, sin llevar a penas nada.

5. Señor, danos la gracia de saber discernir lo que resulta de verdad imprescindible y lo que es superfluo para el camino de la vida. Sabemos que sin nada es imposible llegar a ningún sitio; pero también sabemos que con mucho equipaje es posible que lleguemos tarde, mal o no lleguemos nunca.
Peregrinos, ya lo somos; pero pidámosle que nos haga peregrinos “ligeros de equipaje”, 
dispuestos a experimentar el  señorío que conlleva el desasimiento; sentir el gozo de dar y tener la espalda disponible para cargas ajenas.

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