viernes, 23 de marzo de 2018

Domingo de Ramos, ciclo B


MARCOS 15, 1-39

Por la mañana los sumos sacerdotes, con los senadores, los letrados y el Consejo en pleno, prepararon su plan y, en seguida, atando a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato. Pilato lo interrogó: -¿Tú eres el rey de los judíos? Él le contestó: -Tú lo estás diciendo. Los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato reanudó el interrogatorio: -¿No respondes nada? Mira de cuántas cosas te acusan. Pero Jesús no respondió nada, por lo que Pilato estaba sorprendido. Cada fiesta solía soltarles un preso, el que ellos solicitaran. El llamado Barrabás estaba en la cárcel con los sediciosos que en la sedición habían cometido un asesinato. Subió la multitud y empezó a pedir que hiciera lo que solía. Pilato les contestó: -¿Queréis que os suelte al rey de los judíos? Porque sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia. Pero los sumos sacerdotes incitaron a la multitud a pedir que les soltara mejor a Barrabás. Intervino de nuevo Pilato y les preguntó: -Entonces, ¿qué queréis que haga con ese que llamáis «el rey de los judíos»? Ellos esta vez gritaron: -¡Crucifícalo!  Pilato les preguntó: -Pero, ¿qué ha hecho de malo? Ellos gritaron más y más: -¡Crucifícalo! Pilato, queriendo dar satisfacción a la multitud, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de hacerlo azotar, lo entregó para que lo crucificaran. Los soldados lo condujeron al interior del palacio, es decir, a la residencia del gobernador, y convocaron a toda la cohorte. Lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espino que habían trenzado y empezaron a hacerle el saludo: -¡Salud, rey de los judíos! Le golpeaban la cabeza con una caña, le escupían y, arrodillándose, le rendían homenaje. Cuando terminaron la burla, le quitaron la púrpura, le pusieron su propia ropa y lo sacaron para crucificarlo.  A uno que pasaba, a un tal Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, que llegaba del campo, lo forzaron a cargar con su cruz. Lo llevaron al «lugar del Gólgota» (que significa «Lugar de la Calavera»)  y le ofrecieron vino con mirra, pero él no lo tomó. Lo crucificaron y se repartieron su ropa, echándola a suertes para ver lo que se llevaba cada uno (Sal 22,29). 25 Era media mañana cuando lo crucificaron. El letrero con la causa de su condena llevaba esta inscripción: EL REY DE LOS JUDÍOS. 27 Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Los transeúntes lo insultaban y decían, burlándose de él: -¡Vaya! ¡El que derriba el santuario y lo edifica en tres días! ¡Baja de la cruz y sálvate! De modo parecido los sumos sacerdotes, bromeando entre ellos en compañía de los letrados, decían: -Ha salvado a otros y él no se puede salvar. ¡El Mesías, el rey de Israel! ¡Que baje ahora de la cruz para que lo veamos y creamos! También los que estaban crucificados con él lo ultrajaban. Al llegar el mediodía la tierra entera quedó en tinieblas hasta media tarde. A media tarde clamó Jesús dando una gran voz: -¡Eloi, Eloi, lema sabaktani! (que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?) (Sal 22,2).  Algunos de los allí presentes, al oírlo, dijeron: -Mira, está llamando a Elías. Uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña y le ofreció de beber (Sal 69,22), mientras decía: -Vamos a ver si viene Elías a descolgarlo. Pero Jesús, lanzando una gran voz, expiró, y la cortina del santuario se rasgó en dos de arriba abajo. El centurión que estaba allí presente frente a él, al ver que había expirado de aquel modo, dijo: -Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios. Había también unas mujeres observando aquello de lejos, entre ellas María Magdalena, María la madre de Santiago el Pequeño y de José, y Salomé, que, cuando él estaba en Galilea, lo seguían prestándole servicio; y además otras muchas que habían subido con él a Jerusalén.

IDENTIFICADO CON LAS VÍCTIMAS
Ni el poder de Roma ni las autoridades del Templo pudieron soportar la novedad de Jesús. Su manera de entender y de vivir a Dios era peligrosa. No defendía el Imperio de Tiberio, llamaba a todos a buscar el reino de Dios y su justicia. No le importaba romper la ley del sábado ni las tradiciones religiosas, solo le preocupaba aliviar el sufrimiento de las gentes enfermas y desnutridas de Galilea.
No se lo perdonaron. Se identificaba demasiado con las víctimas inocentes del Imperio y con los olvidados por la religión del Templo. Ejecutado sin piedad en una cruz, en él se nos revela ahora Dios, identificado para siempre con todas las víctimas inocentes de la historia. Al grito de todos ellos se une ahora el grito de dolor del mismo Dios.
En ese rostro desfigurado del Crucificado se nos revela un Dios sorprendente, que rompe nuestras imágenes convencionales de Dios y pone en cuestión toda práctica religiosa que pretenda darle culto olvidando el drama de un mundo donde se sigue crucificando a los más débiles e indefensos.
Si Dios ha muerto identificado con las víctimas, su crucifixión se convierte en un desafío inquietante para los seguidores de Jesús. No podemos separar a Dios del sufrimiento de los inocentes. No podemos adorar al Crucificado y vivir de espaldas al sufrimiento de tantos seres humanos destruidos por el hambre, las guerras o la miseria.
Dios nos sigue interpelando desde los crucificados de nuestros días. No nos está permitido seguir viviendo como espectadores de ese sufrimiento inmenso alimentando una ingenua ilusión de inocencia. Hemos de rebelarnos contra esa cultura del olvido que nos permite aislarnos de los crucificados, desplazando el sufrimiento injusto que hay en el mundo hacia una «lejanía» donde desaparece todo clamor, gemido o llanto.
No podemos encerrarnos en nuestra «sociedad del bienestar», ignorando a esa otra «sociedad del malestar» en la que millones de seres humanos nacen solo para extinguirse a los pocos años de una vida que solo ha sido sufrimiento. No es humano ni cristiano instalarnos en la seguridad olvidando a quienes solo conocen una vida insegura y amenazada.
Cuando los cristianos levantamos nuestros ojos hasta el rostro del Crucificado, contemplamos el amor insondable de Dios, entregado hasta la muerte por nuestra salvación. Si la miramos más detenidamente, pronto descubrimos en ese rostro el de tantos otros crucificados que, lejos o cerca de nosotros, están reclamando nuestro amor solidario y compasivo.
José Antonio Pagola

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